Al
referirme a Stanley Kubrick y su cine antimilitarista hay que señalar que la personalidad del director es
un elemento decisivo en las películas, aunque lo haga desde una perspectiva
aparentemente invisible. La mirada que Stanley ofrece sobre la condición
humana, muy cercana al pesimismo, incluso desesperanzadora, no desluce esa
capacidad de exposición de la misma, incapaz de dejarnos indiferentes ante
ninguno de sus films.
Precisamente
la crítica que se ha lanzado contra él por el tiempo existente entre el rodaje
de una película y otra no es un defecto ni algo casual: sus aficiones
juveniles, tan dispares entre sí como el jazz, la fotografía, el ajedrez…le han
llevado a convertirse en un director obsesivo por controlar cada momento de la
producción del film, desde el guión hasta los pasos para su explotación, que
desembocan cada tres, cuatro, cinco años en una obra maestra en cada una de las
cuales hay impregnada un poco de la personalidad de Stanley Kubrick.
Stanley
Kubrick nació el 26 de julio de 1928 en el barrio neoyorquino del Bronx, en el
seno de una familia judía norteamericana de origen centroeuropeo.
En
1934, con tan sólo seis años, ingresa en la escuela primaria aunque sus
primeros años no resultan ser muy provechosos en lo referente a lo educativo.
Sus padres deciden enviarlo a casa de su tío Martin en Santa Ana, California,
durante las vacaciones de verano.
A
la vuelta, Stanley regresa con una nueva perspectiva, atraído por la fotografía
y el ajedrez. Recibe como regalo una cámara Gaflex y comienza así a visionar
por vez primera a través del objetivo de una cámara.
Sus
estudios en la William Howard Taft High School entre 1943 y 1945 resultan ser
poco brillantes, aunque paralelamente Kubrick consigue un trabajo pequeño en la
revista Look tras el éxito de una
instantánea suya a un vendedor de periódicos rodeado de curiosos que observan
en las imágenes la repentina muerte de Roosevelt. Se trataba de un trabajo sin
excesivas ambiciones, pero que ayudaría decisivamente al joven Stanley a mirar el mundo de otro modo.
Además
de la fotografía y el ajedrez, Kubrick era aficionado al jazz.
En
sus propias palabras leemos cómo el ajedrez le hizo entender el cine como un
juego de estrategia e inteligencia, algo que aplicaría posteriormente en sus
producciones.
Fue
rechazado en la universidad por sus bajas calificaciones pero acudía igualmente
a la Columbia University de Nueva York en calidad de oyente.
Sobre
1946 comienza a interesarse por el cine: acude regularmente la Cinemateca del
Museo de Arte Moderno de Nueva York, donde descubre las grandes obras del cine,
así como acude cada fin de semana a los cines de Long Island para visionar las
últimas novedades. Él mismo reconoce que trataba de verlo todo. Esta formación autodidacta en lo visual en
movimiento la completó con la lectura de los grandes clásicos y teóricos del
séptimo arte: Teoría y práctica del
montaje, de Sergei Eisenstein o On
Film Technique de 1930 de Vsevolod Pudovkin.
En
colaboración con Toba Metz, encargada de la coordinación de la producción, así
como de Alexander Singer, compañero de escuela que trabajaba en March of Time, se animó a realizar su
primer cortometraje Day of the Fight
en 1951, donde narraba la preparación del boxeador Walter Cartier, del que ya
había realizado una sesión fotográfica en Look.
Ese
mismo año repite la experiencia con el encargo de la RKO de grabar Flying Padre, un corto sobre un
reverendo de Nuevo México que ayuda a sus feligreses transportando en su
avioneta.
En
1953 vuelve a trabajar en un cortometraje en The Seafarers, de carácter documental, financiado por la World
Assembly of Youth para el Departamento de Estado.
Estas
pequeñas incursiones de Kubrick en el cine serán el aperitivo con el que decide
lanzarse ese mismo año, en 1953, al largometraje con Fear and Desire.
Se
trata del primer largo del director, donde además el tema de la violencia en la
guerra y el antimilitarismo dan comienzo a una serie de películas que tratan la
misma idea.
En
su cine bélico y antimilitarista Kubrick se ha centrado en las grandes crisis
humanas como la guerra, la catástrofe nuclear o la violencia bélica, ha sido
constante a lo largo de su carrera.
Quizá
no haya otro género tan trabajado a lo largo del tiempo por el director como
este: desde su primer largometraje, Fear
and Desire, hasta lo más reciente, La
chaqueta metálica, Kubrick ha ido dejando un poso de antibelicismo y
antimilitarismo, no sólo denunciando la sinrazón de la guerra sino también la
arbitrariedad de los regímenes militares y la locura consustancial a los
soldados obligados como tales a responder por la patria.
La
brecha entre los que mandan y los que obedecen, entre la identidad privada de
cada uno y la impuesta por el todo cuando se forma parte del grupo, del
ejército. Este tema es constante en varias de sus películas, tanto en Senderos de gloria como en La chaqueta metálica, aunque ampliaremos
esto posteriormente al analizar cada caso.
El
drama humano de la guerra y la pérdida de la personalidad por la colectividad,
el enfrentamiento interno con el grupo e incluso con uno mismo, son los valores
presentes en las películas de Kubrick.





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